martes, 19 de agosto de 2008

algo, creo

Si, es mi vida, en mis propias palabras supongo. Ahora miro atrás y a veces tiemblo al recordar las cosas, a veces me insulto por no haber hecho nada; y a veces, las menos de ellas, siento orgullo hacia mí misma, porque he podido con ello. Sé que debería de haber ido antes al psicólogo o que debería hacerle más caso o… no sé, hay tantos “debería” que ya mi cabeza no tiene nada claro.

Dicen de mí que yo era una niña alegre e inquieta. Bueno, no lo recuerdo pero siempre me ha costado creerlo. Miro hacia mi vida y no me veo como a alguien sonriente, más bien la felicidad huye de mi en cuanto ve la posibilidad. Pero, ¿por qué esta “no-felicidad”? porque no es tristeza continua, sino simplemente una falta de felicidad. La verdad es que siempre me lo he preguntado pero nunca he dado con la respuesta. Supongo que he de ir años atrás, cuando empezó todo.

Mis padres se separaron cuando yo acababa de cumplir los cuatro años de edad. Recuerdo momentos fugaces de ese tiempo. Recuerdo un edificio que parecía una fábrica, de frías y grises paredes, ya fuera por el tiempo, por mi estado de ánimo del momento o porque de verdad, antes había sido una fabrica. Creo que es lo último. Había escaleras metálicas que ascendían a “las clases”. Pequeños pies que las subían y bajaban cada día, frías como el mismo edificio, falto de luz, falto de color. No era un buen lugar para empezar a educar a pequeñas personas con sueños por realizar. Cuando llegabas al final te encontrabas con una gran sala. Paredes oscuras, suelo blanco o marfil, más concretamente. A la derecha había una puerta donde se guardaban algunas figuras geométricas algo grandes llenas de espuma para que los niños jugasen, y pegada a la pared se encontraba la gran colchoneta azul. A su lado un par de maderas colocadas formando algo parecido a una A, donde por un lado había huecos para poner en ellos los pies y escalar y bajar por el otro lado, que era liso con una cuerda para que la bajada fuera más suave. Enfrente se encontraban varias columnas, cuadradas y de fría pared con gotelé, iguales a la de los garajes. Y por fin, a la derecha, las aulas. Aunque yo solo recuerdo una, la mía.

Dentro del aula, la clase se dividía en cuatro cuadrados, una cuarta parte de la clase en cada cuadrado y cada semana se rotaba al contrario de las agujas del reloj. Según se entraba por la puerta, a mano izquierda se encontraba el área de juego, donde recuerdo jugar con la granja de playmobil; a mano derecha solo recuerdo un “juego”: una caja llena de letras y tinta, para poder escribir, me encantaba. Y en paralelo, a la izquierda se hacían ejercicios, te empezaban a enseñar euskera. De esa área solo recuerdo que un día me empeñé en decirme a mi misma la palabra “sagarra” (manzana en castellano), durante un rato, hasta que la palabra perdió todo significado y me quedé solo son el sonido de las letras al juntarlas. Me resultó bonito oír la doble r tras la g, y la s del principio me llenaba la boca. En esos instantes en que se me había olvidado el significado de la palabra, podía notar a la vez como si comiera una manzana, los trozos dentro de mi boca, ya machacados, dispuestos a ser tragados. Fue una sensación curiosa.





ya seguire

3 comentarios:

Deed dijo...

jum... lo de la manzana si que resulta curioso :)

y animo, que la felicidad no hay que salir a buscarla, que se asusta, hay que dejar ella llegue a ti de sopetón :)

quimera dijo...

es bueno saber ke no eres el unico ke siente algo asi a veces

Tréveron dijo...

ains... claro que es normal sentir algo asi a veces, es lo que nos hace humanos, despues de todo. Eso y seguir adelante, y recibir mas palos y seguir adelante, hasta que los palos ya no duelan y encontremos algo que los amaine... por mucho que ese algo pueda llegar a tardar.